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Jennifer Hudson VS Adele

lunes, 13 de febrero de 2012


JenniferHudson está bastante cabreada por el éxito de Adele en los Grammy 2012. “No entiendo como a ella no le han hecho perder los mil kilos que le sobran”, se me quejaba el otro día por whatsapp. Ahora se acuerda de lo mal que lo pasó para adelgazar, de las tortitas de arroz inflado, de los gases que le da el brócoli y de la disociación de alimentos. Se acuerda de la madre de Dukan.

¡Pero ella es gorda!, piensa Hudson con esa elegancia tensa que tienen las ex gordas. ¿Por qué adelgacé?, repite sin cesar en esa cabecita que ahora soporta un pelucón como un castillo para cantar en homenaje a la fallecida Withney Houston.  


Adelgazó como ya lo hicieron Kelly Osbourne, Missy Elliot o Rosa López, por poner un ejemplo patrio, y solo la segunda se ha mantenido fuerte en el mundo de la música. Rosa López se ha mantenido fuerte literalmente, culturista. ¿Por salud? Bueno, ninguna tenía obesidad mórbida, ni siquiera obesidad morbosa. Eran chicas regordetas, sin más, de hueso ancho que se dice. Ser gordito no quiere decir estar enfermo necesariamente, lo que pasa es que pocas personas tienen la fuerza para no sucumbir a las directrices del mercado, las discográficas y las modas. Otras, como Mariah Carey o Janet Jackson se tiran toda la vida luchando contra los Big Macs y acaban aliándose al PhotoShop: el amigo de las famosas.

¿Es Adele una chica preciosa? ¿Es Jennifer Hudson una chica preciosa? Sí, las dos lo son. En este despiadado mundo, ¿quién triunfa?: ¿las que se adaptan a la moda y a los cánones de belleza o las que le pegan la patada a estos y se ponen un donut por montera? ¿Perdería Adele su encanto si perdiera 20 kilos para el siguiente disco? ¿La veremos próximamente luciendo clavícula en alguna alfombra roja? ¿Harán intercambio de pelucas algún día?
Un, dos, tres: responda otra vez.

Rabbit hearted

lunes, 13 de junio de 2011



Fuerzo los encuentros. Intento coincidir con él en tren de las 10:40 de la mañana.  Siempre en el mismo vagón, el primero, y siempre en los mismos asientos. Ahí está. Hago que escucho música distraído y me siento cerca. Le miro. Me mira. Saca un cuaderno lleno de pentagramas y hace que los lee. Yo hago que leo mi libro. Miro de nuevo. Mira él. Me siento un animal cobarde, acurrucado en mi lado del vagón, esperando tener el coraje de agarrarle la chaqueta y preguntarte dónde va. Pero no lo hago, los conejos no hacemos eso, eso lo hacen los leones. Yo sólo tengo habilidades de escapista. Los conejos nos agazapamos por el miedo, pensando que se nos va a salir del pecho nuestro pequeño corazón, y esperamos que pase rápido el momento para salir corriendo, saltando o volando, si es preciso.
Un día estuve cerca de él, acumulados los dos en la puerta del vagón para salir. Intenté inspirar en el vacío que dejó a su paso, pero no olí nada. Escuché su música eso sí, muy alta.
11:57. Me elevo por las escaleras mecánicas y él avanza por el recibidor de la estación hacia la calle, siguiendo dos líneas que darán la vuelta al mundo y nos volverán a juntar mañana, a las 10:40 de la mañana. Yo eclíptico y él ecuador celeste. 

Yo vivía en Noruega

martes, 3 de mayo de 2011


El puerto de Bergen, el más bonito de Noruega, patrimonio de la humanidad.

Hago café. Cada mañana, después de unos 10 minutos dando vueltas en la cama, me levanto y hago café. Lo huelo, cierro los ojos  e inspiro hondo. No me gusta el café. No me gusta, de verdad. Lo tomo cada mañana porque he caído en el vicio, pero realmente, no me gusta su sabor. Inspiro hondo porque me trae buenos recuerdos. (Esto va a ser un poco pasteloso, aviso). Tengo visiones que duran unos segundos, casi todos los días.

Hago el café y pongo cara de asco. Llueve fuera de la cafetería, quizás dentro, no lo sé. He sacado las mesas porque me hacen hacerlo, y porque en Bergen llueve casi todos los días y no se sabe si lo va a hacer cinco minutos, cinco horas o cinco días, ni si va a lloviznar o el monzón va a inundar las calles y mis zapatillas. Playlist. Don’t let me down, de Skins. Llega la primera clienta del día, de todos los días, una que tiene su propia taza, siempre pide un capuccino, un vaso de agua con hielo y deja dos coronas de propina. Leo un poco. Otro cliente. Dos, tres. Silenciosos, como si intentaran no molestarme, así son los noruegos. Llamo a Manuela porque no entiendo algo de la caja; ah vale. Eva me trae un kebab. Amaya, Erika y Paula vienen a verme, tienen el día libre. Edu viene a llamarme payaso y a decirme que después del trabajo vamos a tomar unas cerves. Lidia viene a decirme que se ha vuelto a cortar, la beso la frente. Yoli me cuenta un lío amoroso apasionadamente, como todo lo que hace.

El patio se llena; hoy juega el Brann, local de Bergen. No entiendo de fútbol, pero tengo la sensación de que la liga noruega puede ser tan interesante como un campeonato de skí africano. O menos. Mañana tendré el día libre e iremos al fiordo a bañarnos. Está helado, pero nos hemos acostumbrado. No así mis testículos. Vivo en un piso de 65 m2 con cinco personas más, discutimos a veces por el baño, pero me encanta. Por un momento se me olvidan todas las aspiraciones, todos los deseos. Soy feliz y no quiero cambiarlo. Patty Bravo canta La Bambola. Yo abro los ojos. 



Muse, Vivien Leigh, Brando

viernes, 1 de abril de 2011



Hoy hacía demasiado buen tiempo como para que me pusiera a escribir y sobretodo para que me leyérais, así que he decidido hacer algo más ameno. 

Os dejo un video que edité, de manera muy casera como veréis, del concierto de MUSE en Madrid el pasado verano de 2010. Nadie quería ir conmigo, así que me planté solo en el Vicente Calderón, dispuesto a compartir la experiencia con extraños y la verdad es que fue estupendo. Todos gritábamos, cantábamos y saltábamos, apoyándonos los unos en los otros. Una experiencia única.

En clase de guión hemos visto "Un tranvía llamado deseo", película imperdible donde las haya. Si queréis ver a dos actores, Marlon Brando y Vivien Leigh, como dos monstruos en estado puro, no os la podéis perder. Brando está intratable en esta película, tanto a nivel actoral como físicamente. Creo que he vuelto a excitarme viéndole. Ella, aunque ya más madura (tenía ya 38 años), no se queda corta en esta actuación que le valió el segundo Oscar de su carrera. El primero fue por "Lo que el viento se llevó".  En el enlace está el video de la recogida.

Conocí esta obra de Tennessee Williams por primera vez a través de los ojos Almodóvar, en su estupenda película "Todo sobre mi madre". Luego ya vi la peli cuando empecé la carrera y, como mucha gente, siento fascinación por una de las lineas finales de la protagonista, Blanche DuBois desde el día en que la escuché.  

"Quien quiera que seas, siempre he confiado en la bondad de los desconocidos"